Fundación Batuta
Fotografías por Federico Bottia

Hay lugares donde la música no solo se escucha: se convierte en un lenguaje capaz de transformar vidas. Batuta es uno de ellos. Desde hace más de tres décadas, sus notas recorren el territorio colombiano como un hilo invisible que une comunidades, abre caminos y lleva esperanza allí donde las oportunidades escasean.
En cada ensayo, en cada coro y en cada orquesta, la música deja de ser únicamente un arte para convertirse en un encuentro. Allí nacen la solidaridad, el respeto y la confianza; allí se aprende que la armonía también puede existir entre las personas. Batuta siembra valores que fortalecen la vida en comunidad, alimentan la construcción de paz y amplían los horizontes culturales de miles de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, ofreciéndoles nuevas formas de imaginar y construir su futuro.
Este sueño colectivo se sostiene gracias a las manos de familias, comunidades, músicos, gestores sociales y aliados que, como los hilos de una misma partitura, entrelazan sus esfuerzos para mantener viva esta obra común. Desde su nacimiento en 1991 como una fundación social privada sin ánimo de lucro, con el respaldo de aportes públicos y privados, Batuta ha hecho de la música un instrumento de inclusión, equidad y movilidad social.
Hoy, más de treinta mil personas encuentran cada año en sus Centros Musicales, en las instituciones educativas y en programas dirigidos a poblaciones con necesidades específicas —como madres gestantes y lactantes, personas con discapacidad, maestros y cuidadores— un espacio donde la música no solo enseña a interpretar melodías, sino también a escuchar al otro, a descubrir la propia voz y a creer que un futuro distinto puede comenzar con una sola nota.

En septiembre de 1991, en medio de un contexto de violencia en Colombia, una orquesta sinfónica integrada por 350 niños, niñas y jóvenes de los nacientes centros musicales Batuta se presentó en la Plaza de Bolívar de Bogotá, marcando el inicio de un movimiento de transformación social y cultural.
Desde entonces, maestros y maestras recorrieron el país llevando la música a territorios apartados, donde se convirtió en una herramienta para fortalecer la dignidad, la diversidad y la resiliencia. En este proceso, Batuta enfrentó la realidad del conflicto armado, lo que impulsó un enfoque interdisciplinario que integró la música con el trabajo de profesionales sociales y psicosociales.
Gracias a ello, Batuta se ha consolidado como una iniciativa pionera en el uso de la música para la transformación social, generando impactos positivos en el desarrollo integral de niños, niñas y jóvenes, y ofreciendo espacios de protección y nuevas oportunidades de vida. Este fue un trabajo que disfruté mucho. Agradezco especialmente a la directora en ese momento, María Claudia Parías, quien me convocó para cubrir algunos conciertos y ensayos de estos talentosos jóvenes.
