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Simon Vélez

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La obra de Simón Vélez se levanta como un diálogo entre la tierra y la intuición, donde la madera respira y la guadua —ese bambú ágil y generoso que crece en los Andes colombianos— se convierte no solo en materia, sino en lenguaje. En sus manos, este material deja de ser recurso para transformarse en estructura viva, en gesto estético y en memoria ancestral.
Formado en la Universidad de los Andes bajo la influencia del modernismo, con ecos de Le Corbusier y la Bauhaus, su camino pronto se desvió hacia lo esencial: la arquitectura indígena, los saberes tradicionales, las técnicas que nacen de la observación paciente del entorno. Así, su obra no se impone sobre el paisaje, sino que parece emerger de él, como si siempre hubiera estado allí.
Ha desarrollado sistemas de unión que permiten a la guadua habitar el corazón mismo de sus estructuras, dotándolas de resistencia y belleza, ya sea en espacios domésticos o en proyectos de gran escala. Su pensamiento ha cruzado fronteras, llegando a talleres en París, invitado por instituciones como el Museo de Diseño Vitra y el Centro Pompidou, donde la construcción se convierte en aprendizaje y la materia en experiencia compartida.

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Fotografías por Federico Bottia

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En la Expo Hannover 2000, levantó un pabellón de 2000 metros cuadrados que convocó a millones de visitantes: una arquitectura efímera y contundente, hecha de guadua, cemento reciclado, cobre y fibras naturales, que demostraba que lo sostenible también puede ser monumental. Más tarde, en los bosques de Nankun Shan, en China, participó en la creación del Crosswaters Ecolodge, un proyecto que expandió los límites del bambú como elemento estructural en la arquitectura contemporánea.
Sus obras se despliegan en múltiples geografías —de América a Europa, de Asia al Caribe— como una misma idea que se adapta, que escucha, que respeta. Entre ellas, el Museo Nómada en el Zócalo de Ciudad de México, concebido para albergar Ashes and Snow de Gregory Colbert, donde la arquitectura se vuelve también refugio de lo efímero.
En 2009, el Premio Príncipe Claus reconoció en su trayectoria no solo la innovación técnica, sino la sensibilidad de quien entiende que construir es también un acto poético: una forma de honrar los materiales, el territorio y la memoria. En la obra de Vélez, la arquitectura no se limita a ocupar el espacio; lo interpreta, lo traduce y, en silencio, lo revela.
 

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